
De nuestro Director Espiritual a los hermanos de La O
Las sucesivas disposiciones que se están adoptando desde la Conferencia Episcopal y las diócesis españolas, como la nuestra, en sintonía con las autoridades sanitarias, están generando todo tipo de reacciones dentro de la comunidad eclesial. Nuestra archidiócesis ha decretado el cierre temporal de lugares de culto, templos parroquiales, iglesias y capillas, y en consecuencia no poder celebrar la Eucaristía como lo hacemos normalmente, con la participación de los fieles. La mayor parte de los sacerdotes, religiosos y fieles laicos, han reaccionado valorando positivamente la medida, otros en cambio, han reaccionado manifestando su profundo desacuerdo. Por eso, después de leer y reflexionar, os ofrezco esta pequeña meditación que nos puede ayudar en estos momentos de incertidumbre y confusión.
La Misa no acaba con el final del rito. Este es el hecho fundamental. Pues “la celebración de la Eucaristía no es algo puramente litúrgico, sino que debe ser el punto estable de nuestra vida personal” (Benedicto XVI, El Camino pascual). Pero sólo entenderemos esto si cultivamos eso que llamamos espiritualidad eucarística. Cuando participo en la Misa dominical o en la Misa semanal de mi hermandad quiero expresar que la Eucaristía es el centro nervioso que integra y unifica todas las dimensiones de mi existencia: debe unir y nutrir tanto mi relación personal y sincera con Dios, como mi afectiva solicitud hacia los demás, mis hermanos.
Por eso, la Misa no puede convertirse en un culto desencarnado y el interés por ella no debe ser puramente intelectual o estético. Participar en la Eucaristía y quedarme encerrado en mi mismo o en las paredes del templo, estaría en contradicción con el sentido de entrega, de donación, de ser “Iglesia en salida” que tiene en sí misma, es como si la silla se quedara coja porque le falta algo esencial que le da un sentido de totalidad a la celebración de la Eucaristía, porque la Eucaristía nos conduce necesariamente al amor (Cfr. Benedicto XVI, Deus caritas est, 14).
“Seamos honestos: ¿disponemos en nuestras parroquias y templos de los medios personales y materiales para lograr las condiciones de no aglomeración y de higiene que alejen el peligro de contagio? Si banalizamos estas medidas y crece el número de infectados ¿podremos garantizar que nuestros sacerdotes puedan seguir llevando el consuelo de los sacramentos a los más enfermos y moribundos, y acompañar a las familias que entierran a sus difuntos? En estos momentos debemos vivir nuestra comunión con Cristo sabiéndonos miembros de la Iglesia. El “ayuno eucarístico” temporal de unos es necesario para garantizar la comunión sacramental de otros. No olvidemos que estamos viviendo con toda la Iglesia el tiempo de gracia que llamamos Cuaresma. Tengamos la audacia de vivir esta situación de pandemia como oportunidad preciosa que nos regala el Señor en el camino de conversión. Que el ayuno eucarístico de estos días nos ayude a sentir como propio el sufrimiento de quienes se ven privados de la Eucaristía por falta de sacerdotes.
Que el ayuno eucarístico de estos días nos ayude a valorar aún más el bien infinito de la participación en la Santa Misa de modo que pidamos al Señor el don de una verdadera “conversión eucarística”, que nos permita centrar nuestra vida en la Eucaristía, “fuente y culmen de la vida cristiana” (LG 11). Pidamos al Señor en este tiempo la gracia de prepararnos cada día mejor al encuentro con Cristo en la Eucaristía.
Que el ayuno eucarístico de estos días nos ayude a vencer la mentalidad individualista con la que tantas veces recibimos los sacramentos. Los sacramentos, y de forma muy especial la Eucaristía, son siempre dones inmerecidos, no son bienes “de uso particular”. Los sacramentos han sido confiados por Cristo a su Iglesia y como miembros de la Iglesia, es decir, con corazón eclesialmente ensanchado, debemos acercarnos a recibirlos. Fundamentar la vida personal en la gracia que se nos regala en los sacramentos no significa que podamos participar o disponer de ellos aisladamente.
Que el ayuno eucarístico de estos días despierte en nosotros el deseo de salir al encuentro de Cristo ahí donde nos ha asegurado también su presencia: “Jesús en medio” entre los miembros de la familia; Jesús en mi prójimo, especialmente en el más necesitado, “no podemos hacernos ilusiones: por el amor mutuo y, en particular, por la atención a los necesitados se nos reconocerá como verdaderos discípulos de Cristo (cf. Jn 13, 35; Mt 25, 31-46). En base a este criterio se comprobará la autenticidad de nuestras celebraciones eucarísticas” (San Juan Pablo II, Carta Apostólica Mane nobiscum Domine (7-10-2004) 28).
En una situación como la actual se percibe aún con más claridad la necesidad de mantenernos unidos. Evitemos todo lo que quiebra la comunión. Superemos el discurso tramposo que enfrenta a “los que tienen fe” con “los que tienen miedo”. No caigamos en la tentación del individualismo, buscando “soluciones” por cuenta propia. Necesitamos caminar juntos”. (Mons. José Rico Pavés, obispo auxiliar de la diócesis de Getafe).
De esta manera, Cristo “no puede vivir a nuestro lado enclaustrado en el sagrario, sino entre nosotros, en nuestro día a día. Donde sea que vayamos, Él debe ir; donde sea que vivamos, Él debe vivir. El mundo, lo cotidiano, debe convertirse en su templo” (Benedicto XVI, Homilía Clausura del XXV Congreso Eucarístico nacional Italiano, 22 de septiembre de 2011).
Este es el sentido profundo del rito de despedida de la Misa (Ite missa est), nuestra misión, que nace de la Eucaristía, es justamente llevar a Cristo allá donde vayamos, pues el don de la Eucaristía, es dejarnos impregnar y colmar por el Espíritu de Cristo” (Benedicto XVI, Obras Completas VII/I, 5-6), y así ser sagrarios de Dios en el mundo.
María Santísima de la O, ora pro nobis
José Antonio Jiménez Hidalgo
Director Espiritual de la Hermandad de la O

