Retiro Virtual de adviento

Retiro Virtual de Adviento

¿Cómo se hace un retiro por internet?

  1. Programa el tiempo necesario para cada una de las jornadas, es aconsejable hacer una por día.
  2. Dedica el momento oportuno dentro de tu jornada, cuando tengas un rato de paz y no estés demasiado cansado para poderte concentrar.
  3. Elige un sitio tranquilo, donde puedas rezar  sin interrupciones, busca una vela para tener encendida, una Biblia pues habrá que ir buscando ciertos datos, y papel y bolígrafo para anotar.

Es aconsejable para que el Retiro Virtual tenga los mismos beneficios que un Retiro presencial, rezar en silencio, si no es posible, confesarnos, asistir a Misa, visitar el Santísimo Sacramento y sobre todo revisar nuestra vida diaria  a raíz de las lecturas y oraciones que se realizarán.

Programa diario

  • Cada día empezaremos con la Señal de la Cruz y  una oración, rezada muy despacio para comprender el sentido de la misma.
  • Leeremos el texto y al terminar reflexiona en silencio y saca tus propias conclusiones de lo aprendido, para poder llevarlo a cabo en nuestra vida diaria.
  • Oración final, Padre Nuestro, Ave María y Gloria.

Tema:

  • 1er Día – Lugares y Símbolos del Adviento.
  • 2º Día – Corona de Adviento.
  • 3er Día – Actitudes del Adviento.
  • 4º Día – Prefacios de Adviento.

Despliega a continuación las información de los diferentes días de este retiro:

En el nombre del Padre, del Hijo……….

Te busco en la oración y Tú me abres, Señor, como un amigo siempre presente, cuando se llama a la puerta.
Te busco en el Evangelio y Tú te acercas, Señor, como un amigo siempre presente, cuando se le pide luz para atravesar la noche.
Te busco en la Eucaristía, con los otros cristianos, y por tu Palabra y tu Pan vienes a mí, Señor, como un amigo siempre dispuesto a ofrecer lo mejor que tiene.
Te buscamos cada día y te vemos, Señor, donde se siembra la alegría, dónde se elimina la mentira, donde se suprime la injusticia.
Para encontrarte, Señor, ¡hay que estar en vela! Tú estás a la puerta y llamas.
Llamas al espíritu y al corazón. Amén.

Hemos empezado el Adviento, cuatro semanas en las que se nos invita a estar atentos, vigilantes, preparando el camino, desde la realidad en la que vivimos, porque el Adviento tiene una triple dimensión: histórica, en recuerdo, celebración y actualización del nacimiento de Jesucristo en la historia; presente, en la medida que Jesús sigue naciendo en medio de nuestro mundo y a través de la liturgia celebramos de nuevo su nacimiento; y escatológica, en preparación y en espera de la segunda y definitiva venida del Señor.

A lo largo de los cuatros semanas debemos esforzarnos por descubrir las promesas mesiánicas de paz, justicia, relación fraternal, y nacimiento del Hijo de Dios.

La 1ª semana está centrada en la venida del Señor al final de los tiempos. En la liturgia se nos invita a estar vigilantes, manteniendo una actitud especial de conversión «velen y estén preparados, saben cuándo llegará el momento”.

La 2ª semana nos invita por medio del Bautista a “preparar los caminos del Señor”, es decir, a mantener una actitud de conversión.

La 3ª semana preanuncia la alegría de la venida del Señor, “atención a los signos de los tiempos”.

Y la 4ª semana ya nos habla del advenimiento del Hijo de Dios al mundo. María es la figura central, y junto a su esposo José aceptan la voluntad de Dios.

En el directorio sobre la Piedad Popular y la Liturgia en su n.º 96 nos dice “el Adviento es tiempo de espera, de conversión, de esperanza: espera-memoria de la primera y humilde venida del Salvador en nuestra carne mortal; espera-súplica de la última y gloriosa venida de Cristo, Señor de la historia y Juez universal; conversión, a la cual invita con frecuencia la Liturgia de este tiempo, mediante la voz de los profetas y sobre todo de Juan Bautista: «Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos» (Mt 3, 2); y esperanza gozosa de que la salvación ya realizada por Cristo (cf. Rom 8, 24-25) y las realidades de la gracia ya presentes en el mundo lleguen a su madurez y plenitud, por lo que la promesa se convertirá en posesión, la fe en visión y «nosotros seremos semejantes a Él porque le veremos tal cual es» (1 Jn 3, 2).

El Adviento es un tiempo atractivo, cargado de contenido evocador y simbólico que nos ayuda a caminar hacia la luz del alumbramiento de Jesucristo, luz de los pueblos. Vamos a descubrir esa simbología.

Desierto: Juan proclama “Una voz grita en el desierto. Preparad el camino del Señor, allanad sus caminos». Es el mejor sitio donde escuchar los designios, el lugar inhóspito que se convertirá en vergel.

En los domingos segundo y tercero del tiempo de Adviento se nos habla de una figura importante en este tiempo litúrgico: Juan el Bautista. El clama en el desierto de Judea. Llama a la conversión y anuncia el Mesías que ya ha llegado. La conversión es necesaria para recibirle.

El Adviento es como un desierto personal, para disponer nuestro corazón y recibir al Niño Dios. En el desierto solamente contamos con la ayuda de Dios y con nuestras pobres fuerzas. Sólo la Palabra puede fortalecernos y ayudarnos a vencer la tentación que se presenta más nítidamente. Así, del desierto, espacio de debilidad, sale la máxima fuerza, la de la Palabra.

El desierto del Adviento es una invitación para cambiar, para crecer interiormente, para mudar de piel, para crecer en autenticidad, en verdad, en profundidad interior, en amor, en misericordia, en generosidad…para huir de los compartimentos estancos que tantas veces acomodan mi vida, para ver con otros ojos la vida, para dar paso a un aire fresco que refrigere mi vida, para darle un nuevo impulso a los fluidos que vigorizan mi corazón, para desligarme de lo que me ata y deshacerme de lo que más me pesa, para romper esas cadenas que me esclavizan por esa falta o aquella imperfección.

En definitiva, para seguir el consejo del Bautista: «Convertíos, porque el reino de los cielos está cerca». En realidad, no es lo que predica san Juan, es lo que desea el mismo Dios, es lo que anhela para mí el Señor: llenarme de sus bendiciones, colmarme con sus gracias, ungirme con su amor. Pero el Señor sólo se contentará si soy capaz de darle por entero mi corazón.

 

Camino: signo por excelencia del Adviento, camino que lleva a Belén, camino para recorrer. Llega la invitación a ponernos en marcha para conseguir la meta de la venida del Mesías. María es el modelo a seguir, se nos presenta como “Señora del camino”.

  • Camino de María a Nazaret, es el camino de lo cotidiano, de su ir y venir por las calles y los entornos de Nazaret, es el camino de la sencillez y de lo callado, de la humildad de su vida.
  • Camino de María a la montaña de Ain Karim, donde reside su prima Isabel. Es el camino de la caridad y la ternura, para socorrer y ayudar a su prima ya anciana en el embarazo.
  • Camino de María hacia Belén, como obediencia a una ley que interpreta como voluntad de Dios, y que va cargada de dificultades e incomodidades.
  • Camino de María a Egipto, huyendo de toda situación de peligro, lugares, ambiente, personas, tentaciones, es una huida espiritual.
  • Camino de María en el Calvario, nos enseña a cogerla cruz, nuestra cruz, que sigue siendo escándalo para unos y necedad para otros, pero que para nosotros es fuerza y sabiduría de Dios.
  • Camino de María hacia el Cenáculo, camino que habla de comunión y fraternidad. La llena del Espíritu, espera al Espíritu en comunión con el resto de discípulos.

 

Colina: símbolo del orgullo, la prepotencia, la vanidad y la grandeza de nuestros cálculos y categorías humanas, que son precisos bajar para la llegada del Señor. El Bautista invita a u cambio interior, a disponer las mentes y los corazones, y como signo visible ofrece un “bautismo de conversión para el perdón de los pecados.”

La primera consigna de San Juan el Bautista es bajar los montes: todo monte y toda colina sea humillada, sea volteada, bajada, desmoronada. Y cada uno tiene que tomar esto con mucha seriedad y ver de qué manera y en qué forma ese orgullo -que todos tenemos- está en la propia alma y está con mayor prestancia, para tratar en el Adviento -con la ayuda de la gracia que hemos de pedir-, de reducirlo, moderarlo, vencerlo, ojalá suprimirlo en cuanto sea posible, a ese orgullo que obstaculizaría el descenso fructífero del Señor a nosotros.

En segundo lugar, Juan el Bautista nos habla de enderezar los senderos. Es la consigna más importante: Yo soy una voz que grita en el desierto: Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos. Y aquí tenemos, entonces, el llamado también obligatorio a la rectitud, es decir, a querer sincera y prácticamente sólo el bien, sólo lo que está bien, lo que es bueno, lo que quiere Dios, lo que es conforme con la ley de Dios o con la voluntad de Dios según nos conste de cualquier manera, lo que significa imitarlo a Jesús y darle gusto a Él, aquello que se hace escuchando la voz interior del Espíritu Santo y de nuestra conciencia manejada por Él.

A cada uno corresponde en este momento ver qué es lo que hay que enderezar en la propia conducta, pero sobre todo en la propia actitud interior para que Jesucristo Nuestro Señor, viendo claramente nuestra buena voluntad y viéndonos humildes, esté dispuesto a venir a nuestro interior con plenitud, o por lo menos con abundancia de gracias.

El tercer aspecto del mensaje de San Juan el Bautista se refiere a hacer planos los caminos abruptos, los que tienen piedras o espinas, los que punzan los pies de los caminantes, los que impiden el camino tranquilo, sin dificultad. Y ese llamado hace referencia a la necesidad de ser para nuestro prójimo, precisamente, camino fácil y no obstáculo para su virtud y para su progreso espiritual: quitar de nosotros todo aquello que molesta al prójimo, que lo escandaliza, que lo irrita o que le dificulta de cualquier manera el poder marchar, directa o indirectamente, hacia el cielo.

El cuarto elemento del mensaje de San Juan Bautista es el de llenar toda hondonada, todo abismo, todo vacío. Los caminos no sólo se construyen bajando los montes excesivos, ni sólo enderezando los senderos torcidos, o allanando los caminos que tengan piedras: también llenando las hondonadas o cubriendo las ausencias.

Gozo: sentimiento hondo de alegría, porque el Señor se acerca, el gozo de vernos salvados.

Al tercer domingo, desde hace siglos, se le ha llamado “domingo Gaudete”, por la primera palabra del canto o antífona de entrada (Gaudete in Domino Semper) “alégrense siempre en el Señor”. Esta frase está tomada de la carta del apóstol Pablo a los fieles de Filipos. Y, aunque no se cante esta antífona al inicio de la celebración de la eucaristía, las lecturas tienen el mismo sentido, así como la oración colecta, en la que suplicamos a Dios: “concédenos celebrar la Navidad con alegría desbordante”.

Hay que profundizar sobre el motivo de la alegría cristiana. La alegría a la que se nos invita por la Liturgia de este domingo nace de: Dios viene a nuestra vida a cumplir sus promesas de salvación y liberación. El gozo que proclama este tercer domingo de Adviento no es la alegría superficial y mundana de una navidad ya próxima y comercializada habitualmente por la sociedad consumista, sino el hecho de saber y creer que Cristo Jesús está en medio de nosotros.

Silencio: en el silencio de la noche siempre se manifestó Dios. En el silencio de la noche resonó para siempre la Palabra de Dios hecha carne. En el silencio de la noche y de los días del Adviento, nos hablará, de nuevo, la Palabra. El silencio es la condición necesaria de la oración y la guarda de los pensamientos santos. El Silencio nos desprende, la charla nos embrolla; el silencio nos hace vigilantes sobre nosotros mismos y nos protege; la conversación, incluso la necesaria, nos compromete.

Luz: del pueblo que caminaba entre tinieblas, que habitaba en tierras de sombras y se vió envuelto en la gran luz del alumbramiento del Señor. Los cristianos estamos invitados a crear un tiempo de luz, que sea capaz de iluminar nuestras sombras y que nos mantenga despiertos para alumbrar la oscuridad del mundo.

Si hay un símbolo que va tomando protagonismo en el Adviento es la luz. La llamada corona de Adviento, los adornos navideños, el árbol de Navidad engalanado con luces de colores, marcan el tiempo de la espera de la Nochebuena.

La verdadera Luz es el Señor, y participar en ella es regalo, don, signo como el que describe el Evangelio con la curación de los ciegos. Ojos iluminados son los de quien da fe a las profecías y ve a pesar de la oscuridad.

Paz: es el don de los dones del Señor, la plenitud de las promesas y profecías mesiánicas, el anuncio y la certeza de que viene el Príncipe de la Paz. Jesús llama a sus seguidores a ser emisarios de la paz dondequiera que estén y en cualquier situación, seguir a Jesús es ser pacificador, para proteger la dignidad de las personas.

 

Todos estos lugares, todos estos símbolos, conducirán, como un peregrinar, al pesebre de Belén, la gran realidad y la gran metáfora del Adviento.

 

Oración final

Virgen María de la Navidad,

danos el gozo, danos la paz,

danos un mundo de luz y amistad,

danos, oh Madre, una Navidad.

En un mundo sembrado de odio,

el amor ha querido habitar;

una Virgen nos da la alegría,

una Virgen nos trae la Navidad.

 

Padre Nuestro

Ave María

Gloria

En el nombre del Padre, del Hijo……….

Te busco en la oración y Tú me abres, Señor, como un amigo siempre presente, cuando se llama a la puerta.
Te busco en el Evangelio y Tú te acercas, Señor, como un amigo siempre presente, cuando se le pide luz para atravesar la noche.
Te busco en la Eucaristía, con los otros cristianos, y por tu Palabra y tu Pan vienes a mí, Señor, como un amigo siempre dispuesto a ofrecer lo mejor que tiene.
Te buscamos cada día y te vemos, Señor, donde se siembra la alegría, dónde se elimina la mentira, donde se suprime la injusticia.
Para encontrarte, Señor, ¡hay que estar en vela! Tú estás a la puerta y llamas.
Llamas al espíritu y al corazón. Amén.

 

La corona de Adviento es el primer anuncio de Navidad. Su origen es germánico, durante el frío y la oscuridad del final de otoño los pueblos germánicos recolectaban coronas de ramas verdes y encendían fuegos como señal de esperanza en la venida del sol naciente y de la primavera. Los cristianos tomaron de esta vieja tradición un nuevo y plenos sentido, ya que la Corona de Adviento representa la venida de Jesucristo, luz del mundo, vencedor de la oscuridad y de las tinieblas. Es un ejemplo de la cristianización de la cultura, lo viejo ahora toma un nuevo y pleno contenido en Cristo. El vino para hacer todas las cosas nuevas.

El círculo hace referencia a la figura perfecta que no tiene principio ni fin, evocando la unidad y eternidad del Señor, que es el mismo ayer, hoy y siempre, Hb 13, 8. Es señal del amor de Dios, que es eterno, sin principio ni fin, y símbolo de nuestro amor a Dios y a nuestros prójimos, que tampoco debe finalizar nunca.

El follaje verde puede ser de pino, abeto, hiedra, todas ellas perennes, que representan a Cristo eternamente vivo y presente entre nosotros. Verde es el color de esperanza y vida. Dios quiere que esperemos su gracia, el perdón de los pecados y la gloria eterna al final de nuestras vidas. El anhelo más importante en nuestras vidas debe ser llegar a una unión más estrecha con Dios, nuestro Padre.

 

 

Los adornos que lleva la corona de Adviento son unas manzanas rojas y una cinta roja. Las manzanas representan los frutos del jardín del Edén con Adán y Eva. Hablan, pues, del pecado de la expulsión del paraíso y el anhelo permanente del hombre de regresar a él.  La cinta roja significa el amor de Dios que nos envuelve y nuestra respuesta también de amor a ese amor de Dios.

Las cuatro velas representan los cuatro domingos que jalonan en este tiempo de vigilante espera, nos hacen pensar en la oscuridad provocada por el pecado que ciega al hombre y lo aleja de Dios. Y así con cada vela que encendemos la humanidad se ilumina y sigue iluminándose con la llegada de Jesucristo a nuestro mundo. El encendido de las velas expresa alegre expectación.

El progresivo encendido de estos cirios nos hace tomar conciencia del paso del tiempo en el que esperamos la última y definitiva venida del Señor. Este itinerario, acompañado de alguna oración, canto, nos marcará los pasos que nos acercan hasta la fiesta de Navidad y nos ayudará a tener más presente el tiempo en que nos encontramos. El rito del encendido de las velas se puede realizar en las misas dominicales de la parroquia, incluyendo la vespertina del sábado. La corona, que se ha instalado en la Iglesia parroquial, se puede bendecir al comienzo de la misa, la bendición será después del saludo inicial, en lugar del acto penitencial.

El significado global de la corona de Adviento es muy sencillo:

– Es memoria de las diversas etapas de la historia de la salvación antes de Cristo.

– Es símbolo de la luz profética que iba iluminando la noche de la espera hasta el amanecer del Sol de Justicia.

– Es profecía de Cristo, luz del mundo, que volverá para iluminar definitivamente a quien los esperamos con las lámparas encendidas.

La corona deberá ser colocada en un sitio especial dentro del hogar o de la Iglesia, de preferencia en un lugar fijo donde la puedan ver los niños de manera que ellos recuerden constantemente la venida de Jesús y la importancia de prepararse para ese momento.

Se puede bendecir al comienzo de la misa. La bendición se hará después del saludo inicial, en lugar del acto penitencial. El sacerdote hace una breve monición con estas palabras u otras semejantes:

 

Hermanos: Al comenzar el nuevo año litúrgico vamos a bendecir esta corona con que inauguramos también el tiempo de Adviento. Sus luces nos recuerdan que Jesucristo es la luz del mundo. Su color verde significa la vida y la esperanza. La corona de Adviento es, pues, un símbolo de que la luz y la vida triunfarán sobre las tinieblas y la muerte, porque el Hijo de Dios se ha hecho hombre y nos ha dado la verdadera vida.

El encender, semana tras semana, los cuatro cirios de la corona deben significar nuestra gradual preparación para recibir la luz de la Navidad.

Luego el sacerdote, con las manos extendidas, dice la oración de bendición:

Oremos.
La tierra, Señor, se alegra en estos días, y tu Iglesia desborda de gozo ante tu Hijo, el Señor, que se avecina como luz esplendorosa, para iluminar a los que yacemos en las tinieblas de la  ignorancia, del dolor y del pecado.
Lleno de esperanza en su venida, tu pueblo ha preparado esta corona con ramos del bosque y la ha adornado con luces.
Ahora, pues, que vamos a empezar el tiempo de preparación para la venida de tu Hijo, te pedimos, Señor, que, mientras se acrecienta cada día el esplendor de esta corona, con nuevas luces, a nosotros nos ilumines con el esplendor de aquel que, por ser la luz del mundo, iluminará todas las oscuridades.
Él que vive y reina por los siglos de los siglos.

R/.   Amén.

 

Oración final

Virgen María de la Navidad,

danos el gozo, danos la paz,

danos un mundo de luz y amistad,

danos, oh Madre, una Navidad.

En un mundo sembrado de odio,

el amor ha querido habitar;

una Virgen nos da la alegría,

una Virgen nos trae la Navidad.

Padre Nuestro

Ave María

Gloria

En el nombre del Padre, del Hijo……….

Te busco en la oración y Tú me abres, Señor, como un amigo siempre presente, cuando se llama a la puerta.
Te busco en el Evangelio y Tú te acercas, Señor, como un amigo siempre presente, cuando se le  pide luz para atravesar la noche.
Te busco en la Eucaristía, con los otros cristianos, y por tu Palabra y tu Pan vienes a mí, Señor,  como un amigo siempre dispuesto a ofrecer lo mejor que tiene.
Te buscamos cada día y te vemos, Señor, donde se siembra la alegría, dónde se elimina la mentira,  donde se suprime la injusticia.
Para encontrarte, Señor, ¡hay que estar en vela! Tú estás a la puerta y llamas.
Llamas al espíritu y al corazón. Amén.

 

El Adviento es, en primer término, tiempo de preparación a la Navidad, donde se recuerda a los hombres la primera venida del Hijo de Dios, por lo tanto, no es un tiempo de penitencia como la Cuaresma, sino de esperanza gozosa y espiritual, de gozo y de espera gozosa.

Toda la liturgia de este tiempo persigue la finalidad concreta de despertar en nosotros sentimientos de esperanza, de espera gozosa y anhelante. Durante este tiempo de Adviento sea identificar actitudes fundamentales de la vida cristiana, como la espera atenta, la vigilancia constante, la fidelidad en el trabajo, la sensibilidad precisa para descubrir y discernir los signos de los tiempos como manifestaciones del Dios Salvador, que está viniendo con gloria.

La esperanza: es la virtud del Adviento y la esperanza es el arte de caminar gritando nuestros deseos. ¡Ven, Señor Jesús!

Cada Adviento se nos pone ante nuestros ojos la realidad del retorno del Señor, de ese retomo definitivo que será al fin de los tiempos y que nosotros debemos preparar, y para el cual nos debemos preparar, de ese retorno en gloria y majestad para juzgar a los hombres, para juzgar en el amor «al final de nuestra vida se nos juzgará en el amor», y también para ese retorno cargado de ternura, para ver al Niño Dios hecho hombre, para ver ese Nacimiento que es frágil y que es fuerte.

En Adviento oramos, para pedir al Señor que no olvidemos que caminamos en la oscuridad, buscando la luz. Oramos y reflexionamos para no creernos autosuficientes. Adviento es la reflexión sobre la limitación de nuestros triunfos, es la vista a la grandeza que se hace en la pequeñez.

La esperanza del Adviento es la esperanza de toda la humanidad, porque es la esperanza de la Plenitud, y la comunidad de los creyentes está incluida en esta humanidad y vive con ella esa espera y lucha por superar los errores y las contradicciones que muchas veces están presentes incluso en la institución eclesial.

 

Alegría cristiana: significa apertura al amor y a la verdad. En la misma ocasión el año siguiente lo decía así Benedicto XVI: “La verdadera alegría: es sentir que un gran misterio, el misterio del amor de Dios, visita y colma nuestra existencia personal y comunitaria. Para alegrarnos, no sólo necesitamos cosas, sino también amor y verdad: necesitamos al Dios cercano que calienta nuestro corazón y responde a nuestros anhelos más profundos. Este Dios se ha manifestado en Jesús, nacido de la Virgen María. Por eso el Niño, que ponemos en el portal o en la cueva, es el centro de todo, es el corazón del mundo” (Angelus, 13-XII-2009).

La alegría del Adviento va unida a la esperanza cristiana, y, por tanto, a la constancia y a la paciencia, a la “confianza operante”, pues se trata de unir la fe en Dios con el compromiso humano.

Por su parte, el Papa Francisco nos viene impulsando a manifestar la alegría del Evangelio, del anuncio y de la transmisión de la fe, del apostolado cristiano: “Pero la del Evangelio no es una alegría cualquiera. Se funda en saberse acogidos y amados por Dios. (…) Su venida entre nosotros fortalece, hace firmes, da valor, hace exultar y florecer el desierto y la estepa, es decir, nuestra vida cuando se seca. ¿Y cuándo se seca nuestra vida? Cuando está sin el agua de la Palabra de Dios y de su Espíritu de amor” (Angelus, 15-XII-2013)

El Papa Francisco nos propone tres actitudes para este tiempo de Adviento: “Vigilantes en la oración, trabajadores en la caridad y exultantes en la bendición”.

Es decir, debo orar, con vigilancia; debo ser trabajador en la caridad, la caridad fraterna: no solo dar una limosna, no; también tolerar a la gente que me molesta, “Tolerar, siempre con la caridad, pero activa”, y también “la alegría de bendecir al Señor”. “Así debemos vivir este camino, esta voluntad de encontrar al Señor”, afirmó.

En definitiva, Dios “no está buscando, nos está esperando, y solo nos pide a nosotros el pequeño paso de la buena voluntad”. Sin embargo, el cristiano debe tener “el deseo de encontrarlo” y después Él “nos ayuda”. Así, “nos acompañara durante nuestra vida”, aseguró.

 

Celebrar: La actitud del creyente al esperar implica velar continuamente, celebrando desde el interior la llegada del Señor. Del mismo modo, tenemos signos que manifiestan esa actitud celebrativa. En la familia, por ejemplo, es bueno tener la corona de Adviento, y la Sagrada Escritura, para escuchar, meditar, vivir la palabra de Dios, como la vivieron Isaías, Juan Bautista, María Santísima y San José.

Fe: El Adviento es esa oportunidad de crecer en la virtud de la fe. El Señor llegará para darnos luz, vida, enseñarnos el camino del amor, haciéndose pequeño, para mostrarnos que su mayor gloria es vernos engrandecidos, levantados por su gracia. La Encarnación del Hijo de Dios, viene a traernos gozo porque él quiso ser uno de nosotros. Sobre todo, viene a hacernos partícipes de su naturaleza divina. Contemplar a Dios hecho hombre… nuestro hermano… pequeño… humilde…que nos mueve al amor perfecto…el dar la vida, como Él.

 

 

Oración final

Virgen María de la Navidad,

danos el gozo, danos la paz,

danos un mundo de luz y amistad,

danos, oh Madre, una Navidad.

En un mundo sembrado de odio,

el amor ha querido habitar;

una Virgen nos da la alegría,

una Virgen nos trae la Navidad.

 

Padre Nuestro

Ave María

Gloria

En el nombre del Padre, del Hijo……….

Te busco en la oración y Tú me abres, Señor, como un amigo siempre presente, cuando se llama a  la puerta.
Te busco en el Evangelio y Tú te acercas, Señor, como un amigo siempre presente, cuando se le  pide luz para atravesar la noche.
Te busco en la Eucaristía, con los otros cristianos, y por tu Palabra y tu Pan vienes a mí, Señor,  como un amigo siempre dispuesto a ofrecer lo mejor que tiene.
Te buscamos cada día y te vemos, Señor, donde se siembra la alegría, dónde se elimina la mentira,  donde se suprime la injusticia.
Para encontrarte, Señor, ¡hay que estar en vela! Tú estás a la puerta y llamas.
Llamas al espíritu y al corazón. Amén.

El prefacio en la parte de la plegaria eucarística de la Santa Misa previa a la consagración en la que el sacerdote, en nombre de todo el pueblo santo, glorifica a Dios Padre y le da las gracias por toda la obra de la salvación o por alguno de sus aspectos particulares, según las variantes del día, fiesta o tiempo litúrgico.

En el actual Misal Romano hay 4 prefacios generales de Adviento. Los prefacios 1 y 3 se rezan desde el primer domingo de Adviento hasta el 16 de diciembre, y los prefacios 2 y 4, del 17 al 24 de diciembre.

La lectura y meditación de los cuatro nos muestra espléndida y hermosamente la identidad del Adviento, de sus signos, símbolos, praxis y principales personajes como María y siempre en unidad íntima con la Navidad, hacia dónde se encaminan.

 

Los prefacios de Adviento nos hablan de:

-memoria de la primera venida del Señor, I y II.

-nos recuerda que el Señor sigue viniendo a nosotros, II.

-espera y preparación de su venida definitiva, I y III.

-María como modelo de Adviento, II y IV.

-Actitudes del Adviento: vigilante espera, prepararnos con alegría, velando en oración y cantando su alabanza, recibir al Señor en la fe, testimoniarlo en el amor y esperar confiados en su Reino.

-Los dones que nos trae el Señor: el pan de los ángeles, la salvación y la paz, la gracia recuperada, el don de la vida nueva y el desbordamiento de la misericordia.

 

Prefacio I:

Quien al venir por vez primera en la humildad de nuestra carne, realizó el plan de redención trazado desde antiguo y nos abrió el camino de la salvación; para que cuando venga de nuevo en la majestad de su gloria, revelando así la plenitud de su obra, podamos recibir los bienes prometidos que ahora, en vigilante espera, confiamos alcanzar.

 

Prefacio II:

A quien todos los profetas anunciaron, la Virgen esperó con inefable amor de Madre; Juan lo proclamó ya próximo y lo señaló después entre los hombres.

El mismo Señor nos concede ahora prepararnos con alegría al misterio de su nacimiento, para encontrarnos así cuando llegue, velando en oración y cantando su alabanza.

 

Prefacio III:

Tú nos has ocultado el día y la hora en que Cristo, tu Hijo, Señor y Juez de la historia, aparecerá revestido de poder y de gloria, sobre las nubes del cielo.

En aquel día terrible y glorioso pasará la figura de este mundo y nacerán los cielos nuevos y la tierra nueva.

El mismo Señor que se nos mostrará entonces lleno de gloria viene ahora a nuestro encuentro en cada hombre y en cada acontecimiento, para que lo recibamos en la fe y por el amor demos  testimonio de la esperanza dichosa de su reino.

 

Prefacio IV:

Porque, si del antiguo adversario nos vino la ruina, en el seno virginal de la hija de Sión ha  germinado aquel que nos nutre con el pan de los ángeles, y ha brotado para todo el género  humano la salvación y la paz.

La gracia que Eva nos arrebató nos ha sido devuelta en María.

En ella, madre de todos los hombres, la maternidad, redimida del pecado y de la muerte, se abre al don de una vida nueva.

Así, donde había crecido el pecado, se ha desbordado tu misericordia en Cristo, nuestro Salvador.

 

Por último quiero compartir con vosotros parte de la Audiencia General del 19 de diciembre del 2019 en  que el Papa Francisco reflexiona sobre la Navidad:

Celebrar la Navidad,es dar la bienvenida a las sorpresas del Cielo en la tierra.  La Navidad inaugura una nueva era, donde la vida no se planifica, sino que se da; donde ya no se vive para uno mismo, según los propios gustos, sino para Dios y con Dios, porque desde Navidad Dios es el Dios-con-nosotros, que vive con nosotros, que camina con nosotros. La Navidad es la revancha de la humildad sobre la arrogancia, de la simplicidad sobre la abundancia, del silencio sobre el alboroto, de la oración sobre “mi tiempo”, de Dios sobre mi “yo”.

Celebrar la Navidad es hacer como Jesús, venido por nosotros, los necesitados, y bajar hacia aquellos que nos necesitan. Es hacer como María: fiarse, dóciles a Dios, incluso sin entender lo que Él hará.

Celebrar la Navidad es hacer como José: levantarse para realizar lo que Dios quiere, incluso si no está de acuerdo con nuestros planes. San José es sorprendente: nunca habla en el Evangelio: no hay una sola palabra de José en el Evangelio; y el Señor le habla en silencio, le habla precisamente en sueños. Navidad es preferir la voz silenciosa de Dios al estruendo del consumismo.

 

Será Navidad si, como José, daremos espacio al silencio; si, como María, diremos a Dios “aquí estoy”; si, como Jesús, estaremos cerca de los que están solos, si, como los pastores, dejaremos nuestros recintos para estar con Jesús. Será Navidad, si encontramos la luz en la pobre gruta de Belén.

No será Navidad si buscamos el resplandor del mundo, si nos llenamos de regalos, comidas y cenas, pero no ayudamos al menos a un pobre, que se parece a Dios, porque en Navidad Dios vino pobre.

Queridos hermanos y hermanas, ¡os deseo una Feliz Navidad, una Navidad rica en las sorpresas de Jesús! Pueden parecer sorpresas incómodas, pero son los gustos de Dios. Si los hacemos nuestros, nos daremos a nosotros mismos una sorpresa maravillosa. Cada uno de nosotros tiene escondida en el corazón la capacidad de sorprenderse. Dejémonos sorprender por Jesús en esta Navidad.

 

Tómate algo de tiempo, ponte delante del belén y permanece en silencio. Y sentirás, verás la sorpresa.

 

Oración final

Virgen María de la Navidad,

danos el gozo, danos la paz,

danos un mundo de luz y amistad,

danos, oh Madre, una Navidad.

En un mundo sembrado de odio,

el amor ha querido habitar;

una Virgen nos da la alegría,

una Virgen nos trae la Navidad.

 

Padre Nuestro

Ave María

Gloria

Conclusión: Danos tu opinión sobre este retiro e indica en que temas te gustaría profundizar en este tiempo de Adviento a través del correo formacion@hermandaddelao.es