En el nombre del Padre, del Hijo, del Espíritu Santo…..
“También les dijo: «Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre: “Padre, dame la parte que me toca de la fortuna”. El padre les repartió los bienes. No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, se marchó a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente. Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad. Fue entonces y se contrató con uno de los ciudadanos de aquel país que lo mandó a sus campos a apacentar cerdos. Deseaba saciarse de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba nada. Recapacitando entonces, se dijo: “Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me levantaré, me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros”. Se levantó y vino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas; y, echando a correr, se le echó al cuello y lo cubrió de besos. Su hijo le dijo: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo”. Pero el padre dijo a sus criados: “Sacad enseguida la mejor túnica y vestídsela; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y sacrificadlo; comamos y celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”. Y empezaron a celebrar el banquete. Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y la danza, y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello. Este le contestó: “Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha sacrificado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud”. Él se indignó y no quería entrar, pero su padre salió e intentaba persuadirlo. Entonces él respondió a su padre: “Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; en cambio, cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado”. Él le dijo: “Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero era preciso celebrar un banquete y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”».
La tercera parábola de la misericordia propone el concepto de Dios que busca y haya lo que está perdido, recogiéndolo en su gracia, pero sobre todo expresa el amor inconmensurable e intacto de Dios para su pueblo.
Es una de las parábolas del cristianismo más conocida, probablemente porque lanza un mensaje aplicable no solo para los creyentes, sino para cualquier tipo de persona.
Se habla de la debilidad ante la tentación, no solo a través del hijo pródigo, también a través del hijo responsable con su soberbia y sus celos ante la celebración por la vuelta del hermano. Y habla también del poder del arrepentimiento y de que la conversión siempre es posible gracias al perdón sincero y habla también de la misericordia a través del hijo pródigo, pero sobre todo a través del padre.
El padre protagonista, ama a sus dos hijos, el juicioso que trabaja y no lo abandona y el imprudente que reclama su herencia y se adentra en vicios y diversiones. Los dos hijos representan a los justos y a los pecadores, pero para el padre no hay preferencia, todos somos iguales ante los ojos del Dios Padre.
La parábola tiene tres personajes de igual importancia, los dos hijos con la misma estructura de comportamientos, y el padre con su actitud amorosa.
- El hijo menor se marcha.
Regresar es volver al hogar después de haberlo abandonado, la inmensa alegría al volver el hijo perdido esconde la inmensa tristeza de la marcha.
La marcha supone rechazar el hogar en el que el hijo se crió y fue alimentado, un corte drástico con la forma de vivir, pensar y actuar, es una falta de respeto, una traición a los valores de la familia y la comunidad. Es la negación de la realidad espiritual, de que pertenezco a Dios con todo mi ser, de que Dios me tiene a salvo en un abrazo eterno y de que estoy grabado en las palmas de las manos de Dios.
Nos hemos vuelto sordos a la voz que nos llama <<mi hijo Amado>> y la verdadera voz del amor es suave y amable que me habla desde lo más recóndito de mi ser.
Pero hay otras voces fuertes llenas de promesas, muy seductoras para que demostremos que merecemos ser amados, tener éxito, fama y poder. Estas voces niegan que el amor es un regalo completamente gratuito.
La cólera, el resentimiento, los celos, los deseos de venganza, lujuria, codicia, rivalidades, son señales que nos indican que nos hemos ido de casa. Tenemos tanto miedo a no gustar a que nos censuren, a que nos dejen de lado, a que no nos tengan en cuenta, a que nos persigan, que constantemente estamos inventando estrategias nuevas para defendernos y asegurarnos el amor que creemos necesitar y merecer En esos momentos nos alejamos más y más de la casa del Padre y elegimos vivir en un país lejano.
El no del hijo pródigo refleja la rebelión original de Adán, que lo coloca fuera del jardín, pero el Padre tiende sus manos y perdona la rebelión de Adán y de todos sus descendientes. El amor de Dios es lo que permitió dejar a su Hijo encontrar su propia vida.
2.El hijo menor regresa.
El hijo menor dejó su casa lleno de orgullo y dinero y vuelve sin dinero, sin honor, sin dignidad y reputación. Cuanto más nos alejamos del lugar dónde habita Dios, menos somos capaces de oír la voz que nos llama <<hijo Amado>> y cuanto menos oímos esta voz, más nos enredamos en las manipulaciones y juegos de poder del mundo.
Cuando el hijo menor no confía en nadie, se pregunta si alguien lo ha querido, el mundo se vuelve oscuro o se endurece el corazón y el cuerpo se llena de tristeza, se pierde el sentido de la vida.
De repente vio con claridad que el camino que había elegido era de autodestrucción y de muerte. Cuando comprendió que era hijo de su padre, empezó a caminar hacia casa, eligiendo un camino de vida en vez de un camino de muerte, pero sigue pensando que Dios le exige una explicación, que su amor es condicional y que no será bien recibido cuando llegue. La fe ciega en el total y absoluto perdón de Dios no llega fácilmente.
Recibir el perdón implica la voluntad de dejar a Dios ser Dios y dejarle hacer todo el trabajo de sanación y renovación de mi persona.
Jesús dejó claro que el camino para llegar a Dios es el camino de la infancia, a una segunda inocencia, a la cual se llega a través de las bienaventuranzas, que nos muestran el camino más simple para llegar a la casa del Padre.
3.El hijo mayor se marcha.
El hijo mayor es el testigo principal de la vuelta a casa del hijo menor. Mira el padre sin alegría, no se acerca, no sonríe y no quiere alegrarse, ni acercarse.
Tanto el hijo mayor como el menor perdieron su libertad y felicidad, y cada vez eran más desgraciados. La vida obediente y servicial se hace una carga de esclavitud, de ira y envidia por el amor que el padre le da en el regreso al hijo menor.
La experiencia de ser incapaz de compartir la alegría, es la experiencia de un corazón lleno de resentimiento.
Esta parábola está abierta porque solo nosotros podemos confiar o no r en el amor de Dios, que lo perdona todo.
4.El hijo mayor regresa.
El padre quiere que regresen los dos, el hijo menor y el mayor, por eso corre el encuentro de los dos, quiere que los dos se sienten en su mesa y participen de su alegría, pero no fuerza a los hijos. Él está allí esperando y su amor no depende de sus arrepentimientos, de sus cambios.
Aunque nosotros mismos no seamos capaces de liberarnos de nuestra ira, podemos dejar a Dios que nos encuentre y nos cure con su amor, practicando diariamente la confianza y la gratitud. La confianza es la convicción profunda de que el Padre nos quiere en casa y la gratitud es reconocer que todo lo que somos y tenemos se nos ha dado como don de amor, don que tenemos que celebrar con alegría.
Confianza y gratitud requieren el coraje de arriesgarse, un salto de fe que significa amar sin esperar ser amado, dar sin querer recibir, invitar sin esperar a ser invitado, abrazar sin pedir ser abrazados. El hijo mayor representa a todos los hijos de Dios resentidos.
5.El padre da la bienvenida.
El padre no solo es el gran patriarca, es padre y madre, Él sostiene y acaricia, asegura y consuela. Dios en su infinita compasión, se ha unido a la vida de sus hijos para la eternidad, ha elegido libremente depender de sus criaturas, a quienes dio el don de la libertad.
Esta elección hace que sienta dolor cuando se marcha un hijo y alegría cuando vuelve, pero la alegría no será completa hasta que no vuelvan todos y se reúnan en su mesa. Dios es un Padre que todo lo da y todo lo perdona y que no mide el amor que siente hacia sus hijos por lo bien que se comporta.
Cuando seamos capaces de mirar con los ojos de Dios y descubrir su alegría por la vuelta, por nuestra vuelta a casa, no neguemos el amor de Dios hacia nosotros, y cuando yo no niegue mi valía personal, entonces en mi vida habrá menos angustia y más alegría.
La parábola del hijo pródigo es la historia que nos habla del amor que ya existía antes de cualquier rechazo y que estará presente después de todos los rechazos. Es el amor primero y duradero de un Dios que es Padre y Madre, es el amor que siempre da la bienvenida a casa y siempre quiere celebrarlo.
6.El padre organizó una fiesta.
El padre pide a los criados que le den a su hijo la túnica, el anillo y las sandalias para inaugurar el nuevo reino, para organizar una fiesta por todo lo alto para mostrar su alegría. A los criados se les dijo que mataran al ternero más gordo para este día. Este padre había estado engordando lentamente al ternero, sabiendo que, algún día, celebraría el regreso de su hijo a casa. Todos estos fueron regalos de gracia concedidos al esclavo que regresaba a casa y restaurado a la filiación.
Este júbilo festivo es el júbilo del tiempo de salvación.
El Evangelio de la misericordia es el Evangelio de la alegría, Jesús salva de la perdición y de la muerte.
La narración de la parábola se interrumpe sin decir lo que piensa hacer el padre con el hijo mayor. Jesús no celebra juicio, sino que ofrece la salvación, quiere también salvar a los fariseos, todos tienen necesidad de conversión, los pecadores y también los que se tienen por justos.
La mayor enseñanza de estas parábolas se refiere a la infinita misericordia de Dios: si nuestro pecado es grande, mayor es aún la bondad de Dios.
El papa Francisco, en Bula Misericordiae vultus, n. 9 nos dice:“En las parábolas dedicadas a la misericordia, Jesús revela la naturaleza de Dios como la de un Padre que jamás se da por vencido hasta tanto no haya disuelto el pecado y superado el rechazo con la compasión y la misericordia… En estas parábolas, Dios es presentado siempre lleno de alegría, sobre todo cuando perdona. En ellas encontramos el núcleo del Evangelio y de nuestra fe, porque la misericordia se muestra como la fuerza que todo vence, que llena de amor el corazón y que consuela con el perdón”
En síntesis, Dios está siempre en busca del pecador; no es un Dios de justos, de puros, que ama solo a los que le responden consecuentemente. Dios sabe que en verdad todos los seres humanos somos pecadores, de una forma u otra, y por eso trata de hacer sentir a todos y cada uno su fiel e inmerecido amor. Él nos ofrece este amor, pero si no sabemos, o si no queremos saber, que somos pecadores, entonces impedimos que Dios venga a buscarnos.
Padre Nuestro
Ave María
Gloria