De nuestro Director Espiritual a los hermanos de La O
Hemos celebrado en nuestra archidiócesis la II Semana de la familia y por eso he considerado oportuno que recordemos lo importante que es el matrimonio y la familia en la Iglesia y en nuestra sociedad. Aportaciones como éstas: “la familia es el hogar donde realmente crecemos como personas para el amor” y “el matrimonio cristiano es un tesoro que la Iglesia tiene que ofertar” han iluminado esta semana de reflexión y de formación.
A través del sacramento, el matrimonio pasa a ser un signo eficaz del amor y la unidad de Cristo y la Iglesia.
El matrimonio es signo en cuanto está llamado a amar de la misma forma, con la misma intensidad, que Cristo ama a su Iglesia. Está llamado a estar unido como el cuerpo a la cabeza o como la vid a los sarmientos.
Puede ser un signo eficaz solamente porque participa de ese “misterio” de amor y de unidad entre Cristo y la Iglesia. Entonces el matrimonio mismo se transforma en una fuente de gracias que capacita a los esposos para llevar a la plenitud su amor conyugal, para superar las crisis y llevar con amor las cruces, para ser buenos padres para sus hijos.
De ahí que el sacramento del matrimonio posee también una función santificadora para los esposos y a través de ellos para toda la familia y la sociedad. Como nos dice el Concilio Vaticano II, la familia es “Iglesia doméstica”.
El matrimonio es un gran sacramento porque representa como ningún otro en forma real y única la relación que existe entre Cristo y la Iglesia.
El sacramento del matrimonio tiene también una función social. Es un “sacramento de edificación”, tanto de la Iglesia como de la sociedad. El hombre recibe su código genético heredado de sus padres, recibe una educación en la que se transmiten valores y hábitos de vida y la familia se transforma en la célula germinal de toda sociedad y de la Iglesia.
Con el desarrollo de la psicología bien sabemos hoy de este valor social de la familia, pero muchas veces no somos consecuentes con el mismo en nuestro actuar y le dedicamos demasiado poco tiempo y reflexión acerca de la educación de nuestros hijos.
En este mundo secularizado que se aleja cada vez más de Cristo el matrimonio se transforma en signo y camino del amor de Dios, para comprender y vivir esa profunda alianza de amor entre Cristo y su Iglesia: ese amor fiel, exclusivo, permanente, totalizante y fecundo.
Hoy para muchos jóvenes la fidelidad se les ha convertido como una realidad inalcanzable y cuestionan en su esencia la institución matrimonial. La fe en Jesucristo, en su gracia que nos santifica, es la fuerza que necesitan nuestros jóvenes y nuestros matrimonios en el camino hacia la santidad.
José Antonio Jiménez Hidalgo
Director Espiritual de la Hermandad de la O

