
De nuestro Director Espiritual a los hermanos de La O
“Esperamos la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro” es la última afirmación de la profesión de fe y constituye la respuesta cristiana a la esperanza radical del hombre. Esta respuesta es, por un lado natural, pues es una contestación en perspectiva de esperanza y esperar es radicalmente humano. Pero por otra parte, el hombre se siente “atrapado” por las amenazas que le llegan del futuro, a veces incierto. Y la más dura de todas es la certeza de la muerte en cuanto situación definitiva, aunque el hombre no se ha resignado a ese destino, como lo prueban todas las religiones que hablan de una esperanza en el más allá.
Es un hecho constatable que hoy se predica menos de los llamados “novísimos” como se llamaba antiguamente; en concreto, del cielo, del infierno y del purgatorio. Por un lado quizás no interesa mucho a esta sociedad materialista y hedonista que sólo piensa en el hoy y por otro, también hay cristianos que sólo creen lo que le interesa, lo inmediato, lo más cómodo o sólo lo que le ayuda a vivir y a tener todas la necesidades humanas cubiertas.
La escatología, como rama de la teología no sólo se limita al estudio de las realidades últimas sino que invade toda la reflexión de la Iglesia, ya que significa la presencia salvadora de Dios entre nosotros, en esta vida y en la futura. La mirada a las realidades últimas ha estado con frecuencia teñida de un fuerte temor, debido en parte a la presentación que de ellas se ha hecho y también al sospechoso silencio, que ha podido interpretarse como miedo a tocar estos temas. Sin embargo, la escatología, no es más que la culminación de la obra salvadora de Cristo, que es toda gracia y amor. De hecho llama la atención el contraste existente entre el alegre y esperanzado maranatha (Ven, Señor Jesús) de los comienzos cristianos y el triste y descorazonado Dies irae de la Edad Media. En el primero aparece la alegre esperanza de que Cristo llegará pronto para llevar a plenitud la salvación; en cambio en el Dies irae domina el miedo del juicio, que mira el final de la vida con la perspectiva de una salvación del alma amenzada por el castigo eterno.
Por eso, es urgente volver a la visión esperanzada en la predicación, en la conciencia de los cristianos y en la enseñanza de la Iglesia. Jesús es nuestro juez pero también y sobre todo es nuestro Salvador. La obra salvadora de Jesucristo no ha llegado todavía a su plenitud, a su plena realización, aunque ya la experimentamos “como primicia” (Rm 8, 23), será en la parusía, en la venida definitiva del Señor llegue a su plenitud. La parusía es el juicio de toda la realidad y de la historia en su globalidad. El juicio universal nos recuerda que el hombre no es un ser aislado, sino en estrecha relación con toda la humanidad.
Hablamos siempre en plural porque al contrario de lo que piensan algunos creyentes, erróneamente, resucitaremos no individualmente (la Sagrada Escritura ni la Tradición de la Iglesia nunca hablado de una resurrección individual) sino como “cuerpo” de Cristo que somos, como Iglesia. Ninguno resucita a una resurrección gloriosa sino como miembro del cuerpo de Cristo (1Co 12, 12s; Rm 7, 4; Ef 1, 20-23; Ap 6, 11). Toda la humanidad entonces está llamada por medio de la Iglesia, a formar parte de la ella, como sacramento universal de salvación, es lo que afirmamos también en el Credo, la “Comunión de los santos”.
Que este mes de los difuntos y especialmente el día 2, conmemoración de todos nuestros hermanos difuntos, nos ayude a vivir esta realidad con esperanza y alegría, peso a que tenemos que pasar por el trance irremediable de la muerte. Al final, cuando venga el Señor en su gloria, resucitaremos todos con Él, como Él y por Él. Mientas tanto estamos en camino, un camino que lleva consigo la conversión y la purificación (purgatorio), y el juicio particular, que se funda en el amor. El juicio de Dios es puro, verdadero e inapelable y tiene como finalidad nuestra salvación. Esta es la esperanza cierta que nos hace vivir en esta vida.
Aprovecho para recordaros e invitaros a que participéis en la Misa de difuntos de vuestra parroquia, como he dicho antes, el día 2 de este mes y de nuestra Hermandad de la O, el próximo viernes 8 de noviembre a las 20:30h.
María Santísima de la O, esperanza nuestra, ruega por nuestros hermanos difuntos.
José Antonio Jiménez Hidalgo
Director Espiritual de la Hermandad de la O
Si quieres saber más puedes consultar:
Catecismo de la Iglesia católica, números 988-1050
Constitución Dogmática sobre la Iglesia Lumen Gentium (LG) del Concilio Vaticano II, capítulo VII
San Pablo VI, El Credo del Pueblo de Dios
Benedicto XVI, Carta encíclica Spes salvi
Ponce Cuéllar, M., El Dios en el que creemos, BAC, Madrid 2018

